Friday, July 07, 2006


Palabras de San Agustin



"Ama y haz lo que quieras". No te preocupes, hermano, de lo que has de hacer; preocúpate de amar. No preguntes ya al cielo con repetidos e inútiles: "¿Cuál es mi camino?"; procura en cambio, amar. Amando descubrirás tu camino; amando escucharás la Voz; amando, hallarás la paz. El amor es la perfección de la ley y la regla de toda vida, la solución de todo problema, el estímulo de toda santidad.
"Ama y haz lo que quieras". No; ya no es posible hacer lo que quiero cuando amo. Cuando amo tengo que hacer la voluntad del amado. Cuando amo soy prisionero del amor; y el amor es tremendo en sus exigencias, especialmente cuando este amor tiene por objeto a Dios y a un Dios Crucificado. Yo no puedo hacer mi voluntad; tengo que hacer la voluntad de Jesús, que es la voluntad del Padre. Y cuando haya aprendido a hacer esta voluntad, habré realizado plenamente mi vocación sobre la tierra y alcanzado el grado de mi perfección. La voluntad de Dios: ésta es la que gobierna el mundo, ésta es la que mueve los astros, ésta es la que convierte los pueblos, ésta es la que llama a la vida y da la muerte. La voluntad de Dios suscitó a Abraham, padre de la fe, llamó a Moisés, inspiró a David, preparó a María, sostuvo a José, encarnó a Cristo y pidió su sacrificio, fundó la Iglesia. Y será también la voluntad de Dios la que continuará la obra de redención hasta el fin de los tiempos. Ella llamará a los pueblos a entrar uno a uno en el cuerpo visible de la Iglesia, en el momento exacto de su madurez, después de haber pertenecido por su recta intención y buena "voluntad" a su Alma invisible.
Que estés sobre la arena de rodillas expiando, adorando o que estés sobre la cátedra enseñando, ¿qué cuenta si no lo haces por voluntad de Dios? Y si la voluntad de Dios te impulsa a buscar a los pobres o a dar tus bienes o a marchar a tierras lejanas, ¿qué cuenta todo lo demás? O si te llama a fundar una familia, a cargar con una responsabilidad en la ciudad terrena, ¿por qué dudar? “En su voluntad está nuestra paz", dice Dante; y es quizás la expresión que resume mejor toda nuestra dulce dependencia de Dios.

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